Por qué las propuestas de Meade y Anaya no impactan

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JOSÉ G. MUÑOZ GARCÍA

En un contexto nacional escalofriante de corrupción, violencia histórica, asesinatos, miles de desaparecidos, impunidad, miedo, desprestigio presidencial, pobreza creciente, desclasamiento, opacidad oficial sistemas de salud colapsados, salarios raquíticos, brecha más grande entre pobres y ricos, mentiras oficiales, partidos políticos desprestigiados, incertidumbre, que provocan ambiente propicio al impulso irrefrenable por el insulto, devoción por los complots, los candidatos presidenciales comparecen ante el tribunal de la opinión pública vía Televisa. La noche del 9 de mayo le tocó a Ricardo Anaya, candidato por México al frente, responder cuestionamientos de varios comunicadores, profesionales todos.

Joaquín López-Dóriga preguntó a José Antonio Meade y Ricardo Anaya en dos programas especiales de Primer Grado que se transmite por Canal 2 y conduce Leopoldo Gómez, la razón por la cual sus propuestas de campaña no impactan a la sociedad y no se traducen en crecimiento en la intención del voto como sí ocurre con las de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, y ambos no supieron responder sobre las causas profundas.

Creo que la diferencia la conocen a la perfección: AMLO sabe el impacto de sus asertos y los aplica a cada audiencia a la perfección. Conoce del hartazgo de una clase media empobrecida que ve desfilar cifras de cientos de miles de millones de pesos en magnas obras públicas que se pagarán con los impuestos de los mexicanos, mientras en la economía de los hogares los ingresos no alcanzan para cubrir el tren de gastos acostumbrado: colegiaturas, renta de vivienda y celulares, gasolina, ropa, calzado, mensualidades y mantenimiento de auto(s), regalos de cumpleaños, padrinazgos y un sinfín de pequeñeces que hacen imposible empatar los ingresos con los egresos.

Ese hartazgo produce rabias contenidas, sin embargo, hay que guardar las formas y sufrir en silencio. Quisiera gritar insultos a gobernantes y empresarios que aparecen juntos en las páginas de sociales de los principales medios de comunicación donde exhiben autos de hasta un millón de dólares, relojes de 250 mil, ropa comprada en las mejores tiendas de La 5ª avenida, de Nueva York, cuerpos aeróbicos de caros tratamientos, rostros planchados y poses estudiadas que conforman un glamour propio de un planeta lejano e inalcanzable para millones de sufren para llenar el tanque de gasolina

¿Quién no se fascina cuando AMLO, que quiere gobernar el país los agrupa en una entidad colectiva imaginaria que él llama “Mafia del poder? Él es voz de los humillados, los afectados serán su voto, indudablemente. Ni Anaya ni Meade se atreverían a tales “insultos”, Sería como escupir al cielo.

En la Encuesta de Nacional Ocupación y Empleo, (ENOE) del Inegi se aprecia que en el primer trimestre de 2005 había cuatro millones 185 mil personas que tenían un ingreso superior a cinco salarios mínimos. A más de once años de distancia, en 2016 el número de clasemedieros apenas llegó a tres millones 163 mil. Este desclasamiento, como lo llaman los sociólogos, es un buen nicho de mercado para promover una nueva Tierra Prometida.

Quienes bajan de clase media a clase pobre, llevan al nuevo estadio un paquete nada agradable compuesto por rabia, frustración, duelo, rencor, anhelos frustrados, sueños deshechos, deseos de venganza contenidos, que comparten con facilidad con sus nuevos compañeros de clase, quienes padecen la saga interminable de promesas sexenales incumplidas. No hay que poseer elocuencia académica para que los pobres –más de 50 millones, también según el Inegi— sean contagiados de rencor, inoculados de odio y vacunados contra un montón de falsas promesas de la clase que se mantiene en la cima inalcanzable de la escala social.

Y así, clase media empobrecida y pobres históricos, los primeros, muchos con varios  grados académicos, juntos van a convertirse en fieles devotos de historias de conspiraciones, reales o imaginarias, de la “mafia del poder”.

Estarán fascinados con proferir insultos en redes sociales contra quienes no compartan su resentimiento. No Meade ni Anaya representan, para ellos, un “cambio verdadero”, como promueve AMLO y sus panegiristas.

Ellos, los de abajo, suscribirán con facilidad los mensajes del canto de @lopezobrador en su Twitter como estos:

“El Instituto de la Transparencia, una burocracia “fifí”, que cuesta al erario mil millones de pesos al año, consideró como secreto de Estado la devolución millonaria de impuestos que hizo Fox, el caso Odebrecht y oculta la gran transa de la compra de la planta Agro Nitrogenados.

Contra el diario Reforma, por una encuesta que no lo favorecía:

“Reforma trae campaña contra MORENA. Nos acusan de opacidad, creen que somos como sus amigos de la mafia. Prensa fifí, alquilada y deshonesta”.

¿Quién no recuerda que en la campaña del Estado de México arengó las prácticas tradicionales del priísmo para atraerse votos?

“Andan entregando despensas, frijol con gorgojo, tarjetas, pollos, patos, chivos, borregos, puercos, cochinos, marranos, cerdos. Hay que decirles que sí. Pero a la hora de la hora, tomo tu voto”.

Los politólogos formales sostienen que las campañas son para que los candidatos oferten sus programas de gobierno y/o legislativos a los ciudadanos del país o a su respectiva región, en caso de candidaturas locales, pero esa es una ilusión institucionalizada, porque casi ningún programa de gobierno promovida en campaña llama la atención, sino la que puede llegar al bolsillo o la cocina: apoyos directos en efectivo (imitados, en su mayoría, de AMLO) a adultos mayores, jóvenes, discapacitados, mujeres que sólo trabajan en el hogar, madres solteras, y otros grupos en estado de vulnerabilidad.

Por eso lo único que se recuerda de campañas son insultos a los camajanes (personas holgazanas que se las ingenian para vivir a costa de los demás, dicen los diccionarios). A los consejeros del INE, y del INAI, a los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, a los empresarios que conforman una “minoría rapaz” que consiguen obra pública con sobornos multimillonarios , a los periodistas que están al servicio de la mafia del poder, al uso faccioso de la PGR, Al Banco de México, a la Comisión de Salarios Mínimos, a los expresidentes que reciben 5 millones de pesos mensuales (cada uno) de pensión que se paga con nuestros impuestos, a los poderes Ejecutivo Legislativo por haber abandonado al campo y perder soberanía alimentaria, a gobernadores ladrones, a partidos políticos cómplices de la mafia del poder”.

AMLO apela a la “sabiduría del pueblo” para recibir el voto mayoritario (en realidad será el de una minoría más numerosa, pues para ser “mayoritario” se requerirían cerca de 50 millones de votos a su favor, lo que resulta imposible) pero la sabiduría no es tal, sino que ese “pueblo” ha sido históricamente agraviado y se debe entender que cuando un candidato suelta frases que despiertan sentimientos subyacentes en millones de mexicanos, entonces decimos que los discursos en debates, fotos y pasarelas, “permean” en la intención del voto.

Esto es, el miedo y la esperanza, el odio y la fascinación por el líder, conforman una simbiosis que podrá cambiar la forma de hacer política a partir del 1 de diciembre, si el 1 de julio se vota por la nueva promesa paradisiaca.