CON TRISTEZA, DESPIDEN A JÓVENES FALLECIDOS EN ‘AVIONETAZO’

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ALTAMIRA, Tamaulipas.- Mientras los globos ascienden , los cuerpos de Josué y Eder descienden en sus féretros lentamente acompañados de una ovación.

¡Josué¡ ¡Mi zoruyo! ¡Ya no te voy a ver!.
¡Eder! Mi amor!- gritan los padres de las víctimas del accidente aéreo.
Ya no hay fuerzas para sostenerse de pie. Hace frîo  y la noche se avecina larga para las dos familias afectadas por el fallecimiento de los muchachos,  muy queridos en La Congregación Lomas del Real, en Altamira.

Durante las últimas horas, los cuerpos fueron velados en sus respectivas viviendas a una distancia de 145 metros aproximadamente entre uno y otro.

Momentos antes de iniciar con la ceremonia de inhumación , los padres de las víctimas coincidían en pedir los resultados de la
investigación, emprendida por autoridades de la Procuraduría General de la República.

“Que lo único que pedimos es que se aclare como murieron. Como murió nuestro hijo. Es lo que pedimos “, dijo Esteban López Segura, padre de Josué.

De acuerdo con el hombre, un grupo de representantes de los ocupantes de la avioneta, sin revelar más datos se acercaron con la familia para ofrecer el pago de una indemnización.

Así como hacerse cargo de los gastos funerarios. Sin embargo, se espera que el acuerdo pueda establecerse con un abogado, contratado por la familia.

Poco después de las 3: 15 de la tarde. el ataúd con los restos de Josúe es tomado en hombros por cuatro hombres y trasladado al exterior de la vivienda.

Durante unos minutos, es colocado  hasta el patio de la vivienda en donde habitaba, como lo habría solicitado su madre.

Alrededor se congregan los familiares cercanos, amigos, y vecinos. Los padres deciden llevar en hombros el féretro.

A través de la calle, avanza el cortejo. Suman más de un centenar. En el cruce de la calle, se encuentran con el cortejo de Eder. Ahí los dos muchachos son llevados en hombros por la calle principal de la comunidad.

Afuera, ya los espera otro grupo de vecinos y amigos que se suman en la comitiva que avanza lentamente.

“Dios los tenga en su santa Gloria”- dice una mujer , mientras ve pasar el féretro. “Solo Dios y los que venían en la avioneta saben que pasó. Mis muchachitos, como se fueron a morir”, comenta otra entre la multitud que camina lentamente.

En su andar, solo se escuchan los pies que avanzan lentamente entre piedras y arena, después por el asfalto, hasta alcanzar la iglesia.

El padre oficia la liturgia y recuerda a Josúe y Edér. Los féretros son llevados hasta el exterior en donde son nuevamente llevados en hombros hasta el COBAT; ahí ya los esperan. Los compañeros de Josúe y los amigos de Eder, no pueden contenerse. Hay rostros acongojados, tristes. Manos que se  buscan para abrazarse.

“Era un buenos muchachos. Futbolistas y reconocidos por que además eran buenos alumnos”- reza el director de la escuela.

Los dos muchachos regresaban de un poblado cercano, cuando los alcanzó el destino. Desde el aire, la avioneta,  .perdía altura y en un intento de buscar pista, encontraron la carretera Altamira-Puerto Industrial.

En su camino Josùe y Eder a bordo de la motocicleta fueron alcanzados por la aeronave.

Se lee la biografía de cada uno de los jóvenes y se pide un minuto de aplausos. Cae la tarde y el sol ya se oculta entre las nubes.

El frío se hace más intenso, en Lomas del Real. Los féretros nuevamente son cargados en hombros. La última parada se encuentra a 400 metros: el cementerio comunitario.

Durante las ultimas horas, fueron los pobladores los encargados de realizar la fosa, y ademar las paredes. Las mujeres llevaron comida y otros cerveza a los voluntarios.

Hay más de 600 personas que caminan en el cortejo. Apenas se cruzan las miradas. Una playera con los nombres de los compañeros de clase , se suma en los ataúdes.

Las madres de las víctimas están agotadas. Los padres y familiares esperaron más de 24 horas para que la PGJT liberara los cuerpos.

Los ataúdes son colocados en el acceso al panteón. Los rostros de los muchachos quedan expuestos por última vez. Las padres se aferran a la madera con fuerza. Hablan con cariño y en voz bajita a los cuerpos, susurran las últimas palabras de amor.

” ¡Edèr. Te encargo  mucho a mi niño! ¡Siempre andaba contigo y se van juntos! ¡Ay, Dios mío!..¡Cuidalo por favor! “, dice la madre de Josué.

Ya son cerca de las seis de la tarde y uno a uno o en pequeños grupos pasan a despedirse de los dos muchachos los habitantes de la Congregación Lomas del Real.

A una señal, son cubiertos nuevamente los ataúdes y marchan hasta el costado del cementerio. Sin mayor preámbulo, son colocados uno frente al otro, apenas a 45 centímetros de distancia.

Los integrantes del servicio funerario hacen descender los dos féretros. Apenas un murmullo entre la multitud. Los familiares
inconsolables, observan atentos como descienden las cajas. El golpe seco indica que tocaron fondo. Los pobladores colocan rápidamente las losas de concreto y disponen del cemento. Una porra, irrumpe en el fondo y  despide a los muchachos.

Los globos blanco y azul ascienden rápidamente , mientras abajo se brinda una ovación a Josué, de 17 años  y Edér, de 22 años.

Amigos desde la infancia. Primos de sangre. Jóvenes estudiantes y trabajadores.

“Josué era un chamaco, como cualquiera. Alegre, bailador, muy querido por las muchachas. Quería ser enfermero. Ese día, se fue cansado. No quería ir a la escuela”, recuerda la madre.

“Edér, ya trabajaba y siempre andaba pendiente de su primo. Fue buen estudiante y muy responsable”, dijo un familiar.

Los globos contrastan en el horizonte con el cielo rojizo. Ninguno de los familiares quiere retirarse. Cae la tarde  en Lomas del Real y se avecina una larga noche para las familias de las víctimas del
accidente aéreo.

Poco a poco, comienzan a alejarse los asistentes. Al fondo, el sonido de un avión que se aproxima al aeropuerto de Tampico, enmarca la despedida.

 

 

 

 

 

 

JOSÉ LUIS RODRIGUEZ CASTRO